A veces me despierto sintiéndome triste y fea, quejándome de ser quien soy, de no tener ganas de hacer nada, así que abro el Facebook y busco a mis antiguos compañeros en el bachiller y no puedo evitar sonreír de ver lo bien que me va la vida en comparación de aquella chica que subió 50 kilos, o aquella que se convirtió en una famocilla de gran hermano, si, es muy guapa pero vive de exponer su ignorancia y su vergüenza. Algunas veces me siento poca cosa, entonces busco a todas y cada una de las personas que conocí hace años, y me siento menos mal de estar envejeciendo, porque no soy solo yo, es el mundo que se muere a mi alrededor, se acabó la diversión para todos los de mi generación, aquella que está al borde los 30, algunos con sus pequeñas tragedias domésticas; hijos que les vuelven locos e hipotecas y otros soportando duelos y enfermedades. Es el mismo mundo, la diversión y la fiesta ya se acabó y hemos despertado en un mundo adulto donde empiezas a desear cosas como tener bebés que un día lloren por ti cuando te mueras de una enfermedad lenta y dolorosa… Es el ciclo de la vida.
Han muerto tantos que conozco, que me cuesta recuperar el entusiasmo de la niñez, cuando pensaba que la muerte era algo muy lejano y sombrío.
Se me hace difícil pensar que mi madre ya era una madre con 3 hijos a los 28, a mi edad. Mi vida es cada vez más adulta y no puedo evitar sentirme orgullosa de estar convirtiéndome en una mujer decente, con mis responsabilidades y mis planes a largo plazo.

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