Hay días en los que mi cabeza no da para más.
Ni siquiera para decidir qué letra va antes que otra. Ni para seguir el hilo de una conversación. Ni para ver una puta serie sin sentir que me estoy ahogando en mi propia mente.
Llevo semanas sin poder leer nada.
Nada de verdad.
Ni una noticia. Ni una página de un libro. Ni siquiera el prospecto del medicamento. Todo me parece demasiado largo, demasiado complicado, demasiado lejano.
Como si estuviera tratando de entender una lengua que hablé toda la vida pero ahora no me pertenece.
Y lo peor es que esto no siempre fue así.
Recuerdo perfectamente cuando acabé el bachillerato. Tenía mis trucos para sobrevivir a mi falta de concentración. Me sabía todas las reglas nemotécnicas, me organizaba con esquemas mentales que me permitían razonar rápido, conectar ideas y compensar los despistes con una cabeza que, cuando quería, funcionaba como un puto rayo.
Mi cabeza funcionaba.
No de forma “normal”, pero funcionaba.
Hasta que dejó de hacerlo.
En la universidad empezó la caída.
Dejé de salir de mi habitación. Empecé a vomitar, a dejar de comer, a perder peso como si fuera un objetivo, no un síntoma. Nadie me lo dijo con esas palabras, pero eso fue mi primera depresión.
Y a los 18 años ya estaba con antidepresivos.
Lo que vino después fue aún más confuso.
Tuve unos meses raros, demasiado «felices». Entre comillas. Porque sí, reía mucho, hablaba sin parar, me volví sociable de golpe y pasé de no haber tenido ni un novio a coleccionar historias que hoy apenas recuerdo. Y claro, como estaba “mejor”, nadie cuestionó nada.
Yo tampoco.
Solo que no era yo. Era otra versión de mí. Una demasiado acelerada. Una que no sabía frenar.
Desde entonces han pasado casi 20 años.
Y he pasado por todos los estados mentales que puedas imaginar.
En los periodos buenos escribo, trabajo, estudio, soy productiva, incluso me ilusiono con planes a futuro.
Pero luego llega el otro lado: el de ahora.
Donde no puedo pensar con lógica. Donde los pensamientos están tan desordenados que no sé por dónde empezar el día.
No puedo ni hacer una lista de tareas.
Todo me parece demasiado.
Hasta ducharme me parece un proyecto a largo plazo.
Y esto no va de no querer.
Va de no poder.
Me frustra porque no soy tonta. He resuelto cosas complejas, he hecho malabares mentales que muchos no podrían ni imaginar.
Pero cuando llega esta etapa…
ni siquiera sé cómo se calculaba un porcentaje básico.
Ni cómo se organizaba una mañana.
Ni cómo encajar en el mundo que antes manejaba casi de memoria.
Es como si me desconectaran. Como si alguien hubiera apagado la luz de mi capacidad de pensar.
Y lo peor es que no lo cuento casi nunca. Porque una parte de mí sigue creyendo que debería poder con todo. Que lo mío es pereza, que me falta fuerza de voluntad, que debería haber superado esto hace ya mucho tiempo.
Pero no.
No es falta de ganas. Es una niebla.
Una que llega sin avisar y lo cubre todo.
Por eso escribo esto. Para no olvidarlo cuando vuelva a sentirme capaz.
Para que no se me olvide que también he estado aquí, sin saber cómo se empieza un párrafo, ni cómo se sale de la cama.
Y por si a alguien más le pasa: no estás solo.
No eres tonto.
No eres débil.
O al menos eso es lo que me consuela al pensar.

Deja un comentario