La realidad es una puta que se alimenta de mi una vez.

por

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Me despierto y la realidad me atraviesa como un balazo en la boca.
La piel arde, los huesos duelen,
el mundo se retuerce sobre sí mismo como un animal atropellado.

¿Dónde está?
Busco su olor en la almohada,
en la sábana empapada de sudor,
en los restos de mí misma que dejó atrás.
Pero el aire está vacío.
El aire es una burla.

Anoche me bebió como un veneno dulce,
anoche me mordió, me rompió,
me abrió en dos como si dentro de mí hubiera algo más
que polvo y rabia.
Anoche fui suya,
pero la fiebre se ha ido
y ahora solo soy un cuerpo tibio que se enfría en la ausencia.

El aire pesa como si alguien lo hubiera llenado de plomo.
El reloj avanza con un sonido seco,
como un corazón que late a la fuerza.
Me miro al espejo
y lo que veo me da ganas de vomitar.

Ojos vacíos,
labios partidos,
una cosa con piel sucia y pupilas rotas.

Me río.

Me río porque así me quiere.
Me río porque así me deja.
Me río porque así es el juego.

Me arrastro hasta la ducha,
me dejo caer en el agua helada
con la esperanza de que me despierte,
de que me ahogue,
de que me borre.

Pero la piel sigue ahí.
Los recuerdos siguen ahí.
Las manos de anoche siguen ahí.

A veces la fiebre regresa.
A veces se enrosca en mi columna
como un amante posesivo,
me llena la cabeza de promesas,
me arrastra hasta su puerta
con las rodillas peladas y el alma suplicante.

Mírame.
Tócame.
Hazme desaparecer.

Otras veces, no.

Otras veces la fiebre es una soga.
Un puño en la garganta.
Un océano hirviendo.
Otras veces el silencio me llena la boca
y mi lengua se convierte en un nudo
que no sabe cómo deshacerse.

Y luego, él.

No sé si es amor o una pistola cargada.
No sé si me salva o si solo está esperando
a que termine de desmoronarme sola.
Pero ahí está.
Ahí está cuando la habitación se cierra como un puño,
cuando las sombras trepan por mis piernas como parásitos,
cuando mi cabeza se convierte en una jaula llena de ratas.

Él no sabe.
No entiende que soy dos mujeres.
Que a veces soy una tormenta de vidrio,
y otras, un cadáver sin nombre.
Que algunas noches brillo como un faro
y otras solo quiero hundirme en el agua y dejar de respirar.

Él no ve las costuras deshechas,
las cicatrices que siguen abiertas,
los gritos que me arranco de la garganta
y entierro bajo la lengua.

Él solo ve lo que queda de mí.
Y aunque su amor es un cuchillo
que entra y nunca sale,
es lo único que tengo.

Me ata cuando el mundo se parte en dos,
cuando la piel me quema como si estuviera hecha de fuego,
cuando la muerte me abre la boca
y me llena de su aliento frío.

Me ata, aunque el vacío me llame,
aunque la sombra me abrace,
aunque el abismo me abra sus piernas
y me susurre: ven.

Sigo aquí.
No porque quiera.
No porque deba.
Sino porque su amor es el veneno al que me aferro con las uñas rotas.

Sigo aquí.
Por él.
Por él.
Por él.
Por él.



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