Dinos uno de los mejores regalos que te hayan hecho.
Nunca quise ser madre. Nunca quise la herida que abre un cuerpo para dejar salir a otro, ni la marca indeleble de haber existido en alguien más. Pero llegó. Como llega el frío a los huesos, sin preguntar, sin avisar. Y con él, la certeza de que no había vuelta atrás.
El tiempo se volvió una repetición sorda de días iguales, de manos que alimentan, que limpian, que sostienen, pero que no sienten. Yo no estaba. O estaba demasiado. Me miraba en el espejo y no había reflejo, solo un contorno desdibujado, una forma que aún no terminaba de tomar cuerpo.
Mientras tanto, él crecía. Crecía sin saber que yo aún no existía del todo. Crecía sin pedir permiso, sin esperar a que yo despertara. Y en algún momento entendí que no podía seguir escondiéndome detrás de la nada. Que si no me encontraba, él tampoco lo haría.
No hubo redención. No hubo milagro. Solo un día en que me levanté porque él estaba ahí. Porque él no tenía que cargar con mi sombra. Porque él no pidió nacer, y yo no podía ser la ausencia que lo definiera.
No diré que soy feliz. Pero ahora puedo mirarme sin desaparecer. Puedo habitarme sin la urgencia de fuga. Y, sobre todo, puedo mirarle a él y saber que, aunque tarde, sigo aquí.

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