Vivir con un diagnóstico no es más que vivir creyendo que podemos englobar lo particular en conceptos genéricos
Manual de supervivencia
Nací con hambre en los huesos,
la boca vacía, la piel en ruinas,
como una casa donde la lluvia
se ha instalado para siempre.
La muerte me guiñó un ojo temprano,
siete años y ya sabía su idioma.
El sexo no lo elegí,
vino como un ladrón sin prisa,
hurgando en la inocencia
hasta dejarla en carne viva.
Fui la niña de nadie,
la herida que camina,
la loca certificada con bisturís,
los hospitales me tejieron una cuna
con sábanas blancas y promesas huecas.
Cincuenta y dos veces me cerraron las venas,
pero la tristeza no tiene costuras,
se filtra entre los puntos,
brota en la lengua cuando menos lo esperas.
Y sin embargo, respiré.
Las pastillas me enseñaron a flotar,
las drogas a subir y bajar
como un animal salvaje
persiguiendo su propia sombra.
No morí, qué decepción.
Aprendí a vivir a medias,
a sonreír mientras en mi cabeza
otra yo se mutilaba en silencio.
Hoy sé que la vida no es redención,
ni castigo, ni cura milagrosa.
Es solo esto:
un campo de batalla con treguas breves,
un eco de dolor que nunca se va,
pero al menos,
al menos,
sigo de pie.

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