La muerte pasó primero,
me guiñó el ojo como si me conociera,
como si me hubiese estado esperando.
Pero yo tenía prisa,
todavía creía en el amor,
en los gestos amables,
en los hombres con las manos calientes
y la voz llena de promesas.
Le creí.
Le di la casa, la cama,
los restos de lo que alguna vez fui.
Le abrí la puerta,
le mostré los rincones donde la tristeza
se había acomodado a vivir,
le permití habitar mi sombra
como si fuera suya.
Dijo que arreglaría las goteras,
que pondría flores en la ventana,
que cerraría la puerta al frío.
Pero el amor tiene manos de ladrón,
se mueve en silencio,
va quitando cosas poco a poco,
primero el aire,
luego la voz,
después el reflejo en los espejos.
Nunca se fue.
Se quedó en mi casa
hasta que mi casa dejó de ser mía,
hasta que cada mueble, cada pared,
cada rincón pronunciaba su nombre
y no el mío.
Una noche intenté salir,
poner un pie fuera de esta jaula sin barrotes,
pero el aire afuera me dio miedo,
la idea de un mundo sin él
se sintió más vacía
que sus abrazos.
Así que me quedé.
No porque quisiera,
no porque fuera más fácil,
sino porque a veces el amor
es un sitio del que no se escapa,
porque hay cárceles que se parecen demasiado
a un hogar.

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